Se levantó con sabor a hierro en la boca el día I después de la primera contienda. Secó el sudor de la frente con el bajo del vestido y la sangre reseca de la empuñadura de la espada con el agua que corría detrás de casa. Puso en pie el escudo, se acomodó el yelmo sobre el pelo enmarañado y caminó de nuevo a buscar, entre las flechas, la poca esperanza que albergaba.