martes, 25 de noviembre de 2014
La Batalla
I
El dolor no amansa las fieras.
Las desvirtúa,
preparándolas para la sucesión
de golpes repetidos.
II
Tenemos una danza de palabras
(como cuchillos)
que van y vienen,
en lados contrapuestos.
Se derrama una lluvia de claveles rojos
cada vez que abres la boca.
Mis preguntas.
Tu silencio.
Mis lágrimas.
Tu mirada socavada
buscando una salida bajo tierra.
Mis gritos.
Tu ira.
Tu imagen,
cada vez más cerca de mi olvido.
III
Los puños apretados advierten:
Sálvese
quién
pueda.
IV
La bala en el centro.
La vida,
derramándose por los costados.
El enemigo
I
Le di la vuelta a la cobardía:
tenía tu nombre escrito.
II
Acudes con el rostro
compartido de la ira,
acunando una tragedia
entre las manos
(apretadas)
Aguarda en tu fusil
la simiente que propagará
de odio esta batalla.
¿En qué
(preciso)
momento
se quebró la barrera del silencio?
Ahora que sólo recordamos
los disparos
que crecieron
entre la hiedra que se trenza
en las ventanas opacas del verano.
III
I
Oigo tus caballos descender,
colina abajo,
hasta la orilla de la trinchera
donde vivo agazapada.
Estoy con la vida apretada entre los dientes.
En cada mano,
una derrota.
No espero un alzamiento.
No espero
una victoria.
Nada de eso,
ya,
es importante.
Apunta al centro,
sólo tendrás una oportunidad para matarme,
No falles.
III
Lacra el hocico de tus perros.
La bestia no es más fiera
por el tamaño de su aullido
sino por la incontinencia de morder
(hasta provocar el llanto)
la mano del amo
que sostiene la recompensa.
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